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Introducción Histórica

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El origen del barrio de Pizarrales nos hace volver la página de la historia hacia la primera década del siglo XX, cuando empezaron a levantarse en el viejo camino de Villamayor, los primeros merenderos y las primeras casas de labor, de gente que arribaba a la ciudad en busca de un modo de vida mejor. A espaldas de la ciudad nace pues, un arrabal, un suburbio, en el que sus habitantes viven del pequeño comercio, de algunas tareas agrícolas, de un intercambio precario de mano de obra contra dinero, o bien alimentándose de las sobras de la ciudad que ya, desde el principio, les resulta hostil.
Apenas quedan restos de aquellos principios. Tan sólo el espíritu y la fisonomía de las primeras viviendas que se levantaron a fuerza de quitarle horas al sueño. Eran viviendas de pizarra -de ahí el nombre del barrio- y tejados rojos, construidas por e1 mismo usuario y edificadas de manera ilegal en los terrenos de la «Duquesa» del que a veces se apropiaban por la fuerza de los hechos consumados.
Muchos fueron los que intentaron en aquella época disuadir a aquellas gentes de lo inusitado de su propósito. «No hay agua» -les decían- pero a ellos no les importaba, lo que querían era tierra, una porción de tierra donde edificar un mar de sueños para crear la ilusión de un mundo mejor.Iglesia Vieja de Pizarrales
Así pues, pronto nuestros antepasados comprendieron que el agua y la vivienda serían los ejes sobre los que habían de construir su futuro como barrio, y para ello sabían que no podrían contar con más recursos que los suyos propios. Esto hace que la gente se organice y se cree la Sociedad de Socorros Mutuos (1917), al mismo tiempo que se construye la iglesia vieja (1916), la primera escuela (1918) y el puesto de la Guardia civil (1920).
La década de los veinte no trae grandes novedades para el barrio. El crecimiento poblacional se aminora y se vive como siempre: los hombres trabajando en la construcción y las mujeres en las tareas domésticas. El gran sufrimiento sigue siendo la falta de agua, sólo paliada por algunos pozos y por continuos ir y venir a las fuentes del caño Mamarón o la Cagalona. El municipio solo responde a la llamada de los vecinos por el año 27, construyendo un pozo público y edificando las segundas escuelas situadas en el teso de la Cabaña.
Llegamos al 14 de abril de 1931, proclamación de la II República. Pizarrales fiel a su condición obrera vota mayoritariamente a las candidaturas de izquierdas. Durante esta época, la acción de gobierno municipal se manifiesta entre otras cosas, en una mayor permisividad a la hora de construir, un colector de agua que permite crear una fuente y un abrevadero y unas escuelas con cantina escolar a finales del 35.
Por su parte, la sociedad civil pizarraleña también vive inmersa en el tiempo y el fervor republicano se traduce en la creación del Grupo Cultural Instructivo de Obreros Republicanos, que mediante muchos esfuerzos consigue crear una biblioteca, organizar charlas a cargo de eminentes catedráticos y realizar obras de teatro. Todas estas actividades que se realizaban en la «casa del pueblo» (el bar de los Severinos) contribuyeron a crear un clima cultural muy importante en el barrio.
En esas estamos, cuando el 18 de julio del 36 se levanta en armas el ejército de África contra el poder republicano legalmente constituido. Desde el primer momento Salamanca se adhiere a la sublevación y sobre Pizarrales (ese barrio que alguien, no sabemos quién, calificó de la Rusia chica) cae una espesa noche. Una noche que para algunos se hizo eterna. Para otros, ración doble de sufrimiento, tristeza, penuria o hambre. Algunos marcharon al frente y no volvieron; otros fueron enviados a presidio y tampoco regresaron. El resto volvieron de un sitio y del otro, pero con el corazón desgarrado y la mordaza puesta.
Esta tragedia, supone la desaparición en muchas familias de la fuerza de trabajo que la mantenía. En este momento es cuando la mujer se remanga y apretando los dientes sale «palante» con la familia, haciendo todo lo que está en sus manos para paliar en la medida de lo posible la falta de los recursos más básicos. Se saca a los hijos del colegio para que arrimen el hombro y entre todos traer algo que meter en el estómago.
Pero las desgracias no vinieron solas. Si la guerra fue dolorosa, la posguerra fue para muchos algo más que la puntilla. Algunos seguían sin salir de la cárcel. Los demás subsistían a base de tocino rancio, pan negro o las famosas conejinas, por no hablar de las cartillas de racionamiento o el estraperlo para conseguir lo más principal, sin olvidarnos del comedor de Auxilio Social, que hasta bien entrados los sesenta funcionó en Pizarrales.
Fueron años muy duros, con mucha escasez, donde el agua y la salubridad brillaba por su ausencia y por tanto, las enfermedades (en especial la tuberculosis) hacían auténticos estragos, dejando mermadas familias enteras. Fueron años muy grises y tristes, pero que sirvió para que la gente del barrio se hiciera mucho más solidaria y batalladora. Cuando no había para comer se empezaron a poner en marcha las ollas comunes donde cada uno aportaba lo que podía y así todos tenían un plato que llevarse a la boca.
Por esa época se vino a vivir al barrio el médico don Alfonso Sánchez Montero, persona muy querida en el barrio v muy comprometida con él. Llego a ser Concejal de Salamanca. El sí que sabía como se vivía en esa época. Cuando iba a visitar a algún enfermo, se le caía el alma a los pies. La cama eran cuatro piedras con unas tablas y por colchón, sábanas y mantas, tenían sacos de arena o cemento. Después convenció a su amigo Ángel, el boticario, para que pusiera una farmacia en Pizarrales pero como no había dinero para pagar las medicinas, se organizaban funciones de teatro en un local de la señora Victorina y con lo que se sacaba se pagaban las boticas. Mucha gente le recuerda con cariño y gratitud por todo lo que hizo por el barrio. Cuando murió el barrio entero le despidió.
A pesar las penurias y dificultades, había ratos para las charlas al fresco y a la solana. Las mujeres salían a la solana, con sus tajuelas y sillas bajas, a remendar las prendas rotas; otras ponían la ropa blanca a solanar, y de vez en cuando la regaban para que no se quedara acartonada. A veces se encontraban en los lavaderos, cuando iban a lavar la ropa de la familia, dada la falta de agua en las casas y ahora dando gracias de no tener que bajar hasta el río. Ahí si que había momento para la distensión, se sacaban a relucir los trapos sucios y se lavaban de arriba a abajo y de derecha a izquierda. Pero esto era muy importante porque allí era donde se enteraban si María había dado a luz o si el marido de Manolo estaba sin trabajo y había que ayudar a esa familia con los niños, o se ponían hablar de lo bien que se lo han pasado durante las fiestas del Corpus. Sobre todo de lo bonito que estaban los ramos de las mozas casaderas, de 1o animado que estuvo el baile hasta altas horas de la madrugada y lo guapas qque habían quedado todas las casas encaladas de blanco. Un blanco reluciente, para dar paso al verano. Este verano que iba rezumando vida. Mientras los hombres se reunían al fresco en torno al último cigarro de la noche. Hablan de como les ha ido el día, de lo que han hecho para conseguir trabajo o de lo bien que le va al que lo tiene. Tienen tiempo para organizarse a la hora de reivindicar las necesidades más básicas, y con la ayuda de todo el mundo las cosas se van consiguiendo. Se nota que hay ganas de mejorar, pero saben que no les van a regalar nada, que todo se lo van a tener que trabajar.
Llegamos a finales de los cuarenta, y a pesar de las dificultades, el barrio sigue creciendo, en clara demostración de que en otros lugares hay gente que también las está pasando estrechas y se viene a la ciudad en busca de una vida mejor. Así, el barrio empieza a notar que la insuficiencia de vivienda cada vez es más agobiante y, por tanto es conveniente ir buscando soluciones, que palien en la medida de lo posible uno de los problemas seculares del barrio. Una vez más va a ser la solidaridad y el esfuerzo colectivo los que hagan posible el milagro. Nos referimos a la autoconstrucción por sus moradores de las 118 viviendas de lo que hoy conocemos como el Carmen viejo o Carmen blanco (1948).
La década de los cincuenta no depara nada nuevo a nuestros vecinos. El trabajo escasea. La construcción (actividad por excelencia de la mayoría) se para en invierno, con lo que los habitantes del barrio se ven fustigados por el paro y el hambre (teniendo en cuenta que por esa época no existía el subsidio del paro). Las instituciones no responden. Sólo ofrecen buenas palabras y la consabida caridad. Ante esta situación muchos empiezan a vislumbrar Europa. Ha llegado el momento de emigrar. Algunos lo harán solos, dejando a la mujer y los hijos que subsistan como puedan mientras ellos mandan los primeros marcos de Alemania. Las consecuencias están claras: para el que se va: trabajo, soledad, rechazo, marginación, desarraigo; para los que se quedan, añoranza, frustración, desajustes emocionales, etc. Es en estos casos cuando otra vez la mujer se queda al frente de la familia, e intenta que la vida no sea tan dura. En otros casos, emigran familias enteras, con lo que por lo menos se evita la desorganización familiar y se aminoran los problemas citados anteriormente.
Al mismo tiempo que se está produciendo este fenómeno migratorio, estamos entrando en una nueva década, en la década decisiva. Estamos en los años en los que se van a poner los cimientos de lo que hoy es Pizarrales. Serán dos lustros de frenética actividad, en los que van a jugar un papel fundamental la parroquia de Jesús Obrero y la nueva Asociación de Cabezas de Familia.
A caballo entre los años cincuenta y sesenta, el Patronato de Nuestra Señora del Carmen quiere construir doscientas viviendas en el barrio, con el viejo método que tanto éxito tuviera en 1948. Las cosas, en cambio, se tuercen y tiene que ser la Obra Sindical del Hogar, la que se haga cargo de las obras, terminando por construir 452 «viviendas» en la que albergar a las, ya de por si, prolíficas familias de Pizarrales. Al mismo tiempo comienza a levantarse una nueva iglesia (no sin grandes dificultades), y empieza a ponerse en marcha la A.C.F., que gradualmente se erige en el aglutinador de todos los pizarraleños y en el instrumento que va a hacer posible la consecución del mayor hito en la historia de Pizarrales: la dotación de agua corriente para todas las viviendas del barrio.
Y ese día la calle fue una fiesta y las celebraciones no se hicieron esperar. ¡Agua, agua! gritaba la gente, y entraban y salían de sus casas con vasos de agua en la mano. Atrás quedaron días y días de trabajo, donde otra vez tuvieron que ser los vecinos con su aportación personal de dinero y mano de obra, quienes irán comiendo a la tierra, las zanjas donde irán las tuberías. Tuvieron que atravesar tres carreteras, subir y bajar cuestas y así hasta llegar a la puerta de la casa de los vecinos. Hubo cantidad de anécdotas y algún que otro accidente, pero todo quedó compensado cuando el agua salió por el grifo. Los niños le daban a la manilla y gritaban sin llegar a entender como era posible ese milagro. Ya no había que ir a buscar el agua a los caños, ni tener que ir a los lavaderos. Llegó el progreso.
Después se creó la cooperativa de viviendas, que con un método autogestionario, logró resolver el problema de la vivienda a un alto porcentaje de familias y la Filial n° 2 del Instituto Fray Luis de León, cuyo objetivo era la ampliación del horizonte cultural de los pizarraleños.
Y por último, no podemos olvidarnos del cine de los socios, donde los más pequeños pudieron disfrutar con las películas de Fantomas, el Zorro ó Fumanchú, mientras el señor Ulpiano, con su linterna, ponía firmes a los chavales para que no armaran jaleo, mientras arriba, en la sala de máquinas, el señor Paco se afanaba con el proyector, aguantando los silbidos de la chiquillería cada vez que se producía un apagón para cambiar el metraje de la película.
Así llegamos a los años setenta, donde nuestra historia toca a su fin. Como consecuencia de los logros anteriores, Pizarrales comienza a cambiar su paisaje urbano (sustitución de casas bajas por bloques en altura) pero también su estructura social. Empieza a llegar al barrio una incipiente clase media (que no siente Pizarrales como algo suyo) lo que unido al progreso general de la sociedad española, va a traer consigo una mayor individualismo y por tanto, la pérdida paulatina de la identidad del barrio. Ese proceso, en el que todavía nos hallamos inmersos, ha desembocado en un barrio con mayor calidad edificatoria y mejores niveles de bienestar, pero también en una colectividad más insolidaria y negadora de su propia personalidad, de su propia historia.
Precisamente por eso, para cooperar al mantenimiento de nuestra memoria colectiva, hemos construido este libro y este pequeño recorrido histórico, en el que sin duda se nos han quedado muchas cosas en el tintero, pero no la más importante y que no es otra que el reflejo de Pizarrales como un barrio hecho a si mismo, donde el bienestar actual que disfrutamos es producto del esfuerzo solidario de sus vecinas y vecinos.

"Álbum de Pizarrales" (Asociación de mujeres "Luna de Abril")


Última actualización el Martes, 16 de Febrero de 2010 14:42  

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